En los últimos días he estado leyendo en inglés el libro de Kim MacQuarrie, un antropólogo estadounidense que había vivido varios años en el Perú, y debo decir que es uno de los libros de historia más fascinantes que he leído en mucho tiempo. Los últimos días de los Incas se lee fácil, como una novela, lo que se comprende por el estilo fluido, elegante de la escritura de MacQuarrie.
Uno de los aspectos más llamativos de este libro es la manera en que, de alguna manera, encubre la laboriosa investigación que un texto histórico requiere, y lo hace parte de la narrativa: de repente estamos escuchando la voz de un cronista o las estadísticas de un notario, pero eso nunca interrumpe la fluidez de la narración. El uso de citas de textos de la época y otros históricos – como los del Príncipe, de Maquiavelo – es también un recurso muy efectivo.
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Aunque no comparto en general la idea de comercializar UN día de la madre, UN día del padre, UN día del niño, etc., frechas como ésta me hacen reflexionar un poco sobre la cadena de hombres en mi vida. Me gusta pensar en mi abuelo, por ejemplo, a quien la muerte se lo llevó bastante joven, después de una caída. De lo poco que sé de él, sin embargo, es que era un buen carpintero, que por sus habilidades había trabajado en la casa presidencial.
Mi abuelo, Domingo, era un campesino, de claros rasgos indígenas, con su sombrero negro cada mañana, que según mi madre servía para ocultar su cabello liso, despeinado. Como tantos indígenas sobreviviendo a duras penas en la ciudad capital, fue derrotado por el alcohol, la pobreza, y la redundancia de una vida simple pero agobiante. Poco recuerdo de él, excepto quizá ese inmenso cariño que me tenía, quizá porque esas cosas se transmiten sin palabras, y gestos, sonrisas, caricias, forman memorias indelebles.
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Hoy ha sido un día particularmente largo. Parece que de repente me han llovido los años. Este dolor de la espalda persistente, la rodilla derecha que arrastra una prolongada liturgia, las muñecas que de tanto teclear expresan su justo descontento, el examen que confirma lo que ya había anticipado: que la vista se va escapando como el cabello negro, este desánimo total.
Me han caído así no más los años, pero sin las buenas experiencias ni los malos recuerdos, sin aprender nada nuevo ni olvidar nada viejo; rápidamente como un balde de agua fría, que te congela por un segundo, te sacude todos los nervios, y te arranca momentáneamente del espacio cómodo en que te proteges. Ha sido como un ataque de vejez, repentino, como una sobre dosis de años, injusta, insufrible.
Este sitio/blog/bitácora nace (nuevamente) no tanto de la necesidad de expresar un poco mis ideas, que no son tan relevantes, sino de mi deseo de practicar un poco el acto de escribir. Me he dado cuenta últimamente que mi escritura anda cojeando de la pata derecha y de la izquierda, no quiere fluir como lo hacía hace algunos (muchos) años, antes que me afectara la retórica academicista. Estoy trabajando en varios proyectos creativos que exigen una escritura más digerible.
Para eso, y sin ningún ánimo de ofender y menos con aires de arrogancia, estoy empezando este nuevo blog, para ver si vuelvo a ejercitar la parte creativa de mi cerebro tan academizado.